Devaneos


Mientras afuera llueve, permitamos que el cortinaje gris que en pesadas gotas se desmorona con prisa de un cielo lloroso, se asemeje mucho más a una reja que nos aprisiona y prende en un devaneo de amor.

Ven, siéntate aquí, junto a la ventana. Demos cuenta ya del café mientras, silenciosas, nuestras miradas se cruzan y nuestras mentes vagan entre sueños e ilusiones.

No hables, por favor, no digas nada. Tan sólo consiente a que una de mis manos se ahueque serena en tu rostro para que pueda sentir el jadeo de tu piel de durazno maduro.

Toma ya mi otra mano entre tus manos. Mantenla presa como quien detiene la vida entre suspiros.

No, no hables. Cierra los ojos y permite, como si fuese el humo que se eleva de dos ascuas en llamas y se enreda en uno solo, que nuestras almas se unan también en una sola y se eleven a la eternidad, perdidas en la oscura noche de las ilusiones.

Entonces verás que nada nos detendrá ya, ni los sueños, ni las quimeras.

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Náufrago


11- naufrago

No hay instante en que no sueñe con zambullirme en tus brazos, como mar, para, leve como barca de papel, me lleves calmamente en tus mansas olas de dulces besos, hasta las blancas arenas de una isla de ilusión.

Hoy no soy más que un náufrago del amor a deriva por este anchuroso océano de la vida, lejos de un puerto seguro donde poder acrisolar mi vagante nao.

Soy alma desamparada y mustia que clama, en gritos ahogados, por las caricias y los besos de una niña mujer que me acoja de vez en el seguro refugio de su corazón.

Ansioso y famélico de besos y ternuras, ando vagando claudicante al margen del horizonte de la existencia, temiendo morirme pronto de inanición de amor.

Desencantado, de sol a sol advierto, niña de mis dulces quimeras, que estoy sin fuerzas para mudar la dirección en que el viento sopla, aunque estoy seguro que a cualquier momento, obedeciendo a tu voz, podré ajustar las velas de mi desvencijado bajel para juntos alcanzar el destino de nuestras almas.

¡Ten pena de mí, niña! Abrázame, bésame y quiéreme ya con todo tu espíritu y todo tu ser. Salva, con tu gesto piadoso, de la muerte segura a éste desamparado del amor.

¡Ábreme las puertas de Edén! Acógeme en tus brazos y apártame de las tinieblas profanas en las que me encuentro perdido. Muéstrame con prisa todo el albor que el amor produce. Cíñeme ya con tus abrazos de amor y a todo lo ceñiremos después en un único abrazo.

No consientas que mi prematura muerte a causa de la abstinencia de tus besos, se convierta mañana en un pesado fardo de tu conciencia.

Sálvame ya de mi martirio mundano, y partamos juntos cuanto antes hacia el paraíso terrenal.

Del Barro Surgió y de Barro Era


Aguzando los sentidos y la ilusión, da para imaginar que al inicio Él se viera delante de un estremecimiento de placer, que se sintiera como si estuviese principiando el trabajo más difícil y delicado de su reciente vida de constructor de almas, y, tal cual un alfarero, se ofrendara a la aventurada cochura de una pieza de altísimo valor estético modelada por un artista a quien no le importa rebajar su genio hasta las precarias condiciones de ese humilde lugar donde estaba, y no podría admitir, de la pieza se habla, mas también del artista, las consecuencias ruinosas que resultarían de la variación de un grado de calor, ya sea por exceso ya sea por defecto.

De lo que realmente aquí se trata en la ilusión del pensamiento de quien escribe, es de cocinar el barro de una insignificante figurilla que pronto generaría cientos y miles de copias, aunque siempre habrá quien diga que todos nacemos con el destino trazado. Con todo, sabemos que lo que quedará a la vista y en los registros bíblicos, es que sólo de estos de barro fue que vinieron al mundo otros adanes y otras evas que muy pronto se multiplicaron como los panes y los peces de otra escena posterior.

La ferviente imaginación también lleva a imaginar que Él parece dispuesto a asumir una postura de tácita condescendencia luego de probar distraídamente la solidez del barro, la muda de sitio, sin necesidad y, como si apenas el azar, y no la voluntad, le hubiese guiado los pasos, se encontró delante de la primera figurilla que había modelado, y pocos segundos después todo quedó transformado en un montón informe de barro… El barro de la mujer se amasó sobre el barro del hombre, son los dos otra vez un barro solo.

Con todo, siglos se pasaron desde entonces, hasta que de pronto surgió el profesor Steve Collins, de la “Universidad Trinity” de Nuevo México, en los Estados Unidos, y, como líder de un equipo de excavaciones que trabajó en el proyecto “Tall el-Hamman”, en el Valle de Jordán, se puso a revolver el pasado de la historia de la humanidad. Es que todo indica que él y su grupo de arqueólogos habrían descubierto la mística ciudad de Sodoma.

En materia del History Channel, fue el propio Collins quien dijo: “El equipo de arqueólogos desenterró una mina de oro de antiguas estructuras monumentales, revelando una ciudad-estado que dataría de la Edad de Bronce, y que dominó la región sur de Jordania, en el Valle de Jordán”.

Este mismo estudioso de la alfarería ajena, también afirmó que la mayoría de los mapas arqueológicos de la región se mantenían en blanco hasta el día de la expedición bajo su liderazgo iniciarse. La ciudad-estado era desconocida por los arqueólogos hasta este entonces.

Según lo ha informado, el sitio escavado posee dos camadas. Una inferior y una ciudad alta. La última está cercada por un muro de diez metros de altura, construido en ladrillos de barro, al mismo tiempo que también existen puertas, torres y una plaza central, de acuerdo con estos estudiosos del barro ajeno

Conforme la opinión de Collins, “fue una tarea enorme. La construcción exigió millones de ladrillos y, obviamente, de trabajadores”… Sin tener en cuenta que la mano de obra esclava era gratuita.

Los análisis iniciales realizados hasta el presente momento indican que la ciudad fue destruida de forma brusca. Y acreditan que por un periodo de 700 años, la región no volvió a ser habitada desde su misterioso fin.

Con todo, en el Antiguo Testamento, la ciudad de Sodoma, así como Gomorra, fueron destruidas por la ira de Dios y acabaron devastadas por una lluvia de fuego y azufre… La que bien podría volver a caer hoy día en muchos palacios gubernamentales.

Eso da que pensar, ya que probablemente que en esa supuesta Sodoma, sus ciudadanos podrían fácilmente rumiar la asnería contemporánea bajo el frescor de las estribarías, no obstante, claro, con menos caballerizos transitando en sus calles y, para euforia general, con políticos mucho más transitorios… ¡Eufórico asunto!

(*) Libros y e-book disponibles en: Livraria Saraiva: http://www.saraiva.com.br; Livraria Siciliano: http://www.siciliano.com.br; www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante; y en: Plataforma editorial Bubok: www.bubok.es/

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