Quédate


Ella, siempre en su eterna manía de sonreír. Yo, en mi adorable manía de caer rendido cada vez que lo hace.

Por disfrutar su reír, mis devaneos se han perdido entre las estrellas de sus ojos, en la profundidad de su mirada, en los soles de sus mejillas, en las sutiles cometas que forman sus cabellos al viento, y en la nebulosa bruma de sus labios amanecidos y frescos como uvas de verano.

Ensimismado con su mirada, me gustaría tocarla como quien toca un violín. Con sentimiento, con fineza y, en el correcto momento, con frenesí.

Pues es ahí que trastornado por la inquebrantable ilusión de quererla mía, noto surgir ese lapso de reflexión en el que pensamos qué hacer con lo que tenemos entre manos, lo que sea que tengamos, y percibo como ella se me va escapando entre los dedos como arena que escurre en la clepsidra.

Cuantos besos, vida mía, me perderé por no saber decirte que te necesito a mi lado.

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