Mi Retrospectiva de Vida… ¡Idílica!


Especialmente, y en esta época del año, amigo lector, es recomendable que uno realice una retrospectiva, momento en el cual debemos evocar nuestros pensamientos y acontecimientos pasados, pero nunca, por motivos obvios, retroceder en ellos.

Por ejemplo, sé que no soy un tipo humorista -ni grande ni chico-, pero mismo así estoy totalmente consciente de que soy el constante motivo de risa para mucha gente… Entonces, ¿qué mejor satisfacción para mí?

De igual modo, siempre he manifestado que no soy un hombre textualmente libre; pero, ¿sabe?, me conformo con mi situación, porque sé que muy pocos han logrado llegar tan cerca de ella cuanto yo.

Por su vez, tengo bien claro que siempre sé de lo que estoy hablando; en todo caso, le aclaro que tirando esa parte, no sé de más nada. Por tanto, espero que el próximo año el lector continúe haciendo su parte y cumpla con su función, como yo he venido cumpliendo con la mía… Yo, escritor, escribo… Lectores, deben leer.

Por supuesto que comprendo muy bien que muchos llegan a dar la vida por sus creencias. No en tanto, yo nunca arriesgué la mía por escepticismo alguno.

Indudablemente que no puedo ponerme a hablar de los seres humanos que más tengo admirado en la vida, porque sé que ellos son gente sin nombre, rostros anónimos que no frecuentan ni por asomo los resplandores y flashes de la farándula… Pero los admiro igual. Ellos son gente que decidió vivir su vida como debe ser vivida: de manera puramente existencial… En todo caso, cuanto a los que merecen ser olvidados, ¡ah!, de esos, coherentemente no recuerdo nombre alguno.

Por su vez, confieso que he realizado tres revoluciones en mi vida. Todas ellas perdidas, obviamente. De ahí fue que decidí apartarme de la política. Me sentí como un navío en cercanías de un naufragio: abandonado hasta por las ratas.

Reconozco que con respecto a esos amotinamientos particulares, mi primera revolución fue contra Dios, pero él me venció con un único milagro. En todo caso, la segunda fue contra el destino, y nada más decirle que él me batió, dejándome solo y con la peor partitura en mis manos. Empero, escarmentado, la tercera revolución la realicé conmigo mismo, y fue ahí que me consumí. Así que, aquí estoy, feliz por poder estar en la puerta del 2014.

Pero no se iludan conmigo. Mismo que en el verano, cuando alguien me vea, saludable y de piel tostada por el sol, corriendo por la calzada a orillas del río a las 8 de la mañana, pueden tener certeza que ya consumí, por lo menos un periódico entero… Aunque más no sea para enterarme de las mismas cosas de tiempos pasados.

Claro que en una contención heroica de mis actos fallos, me reservo para con ese esfuerzo poder ganar el derecho de sentarme en un sofá y abrir el diario con la esperanza de encontrar aquel titular con letras mayúsculas que siempre soñé un día poder leer: ¡El mundo acabó ayer!

Pero ya que el raciocino me ha llevado a tocar el punto del fenecimiento, debo advertirlo de algunas semánticas engañadoras que se esconden por detrás de todo fin. Por ejemplo, la infancia no, mi amigo. La infancia dura poco, mientras que la juventud, al contrario, es tan sólo pasajera. En todo caso, la vejez, al contrario de lo que parece, ¡sí!

No me diga ahora que usted no lo sabía o no concuerda con dicha apreciación. Raciocine, y luego verá que ella es comprobadamente verídica, porque cuando un individuo se pone viejo, no hay duda que lo es para el resto de su vida… Y lo peor, a cada día que pasa se pone más viejo.

En todo caso, le confieso que yo me conformo plenamente con esta situación, porque sé muy bien que de esta vida sólo me tirarán muerto.

La gente sólo se muere una vez. Pero, eso sí, es para siempre. En todo caso, vale reparar en algunas otras cuestiones de combinaciones científicas sincrónicas -aunque algunos insistan en corregirme diciendo que son diacrónicas-. Fíjese bien que al nacer o al morir, el hombre parece un santo… Algo que yo encuentro totalmente falso, pues basta con ir a los velorios de los que se mueren inesperadamente, y ver tanta mujer de luto llorando alrededor del cajón.

En verdad, soy de los del grupo que piensa que todo hombre nace original y muere siendo un plagio de sí mismo… Lo que ciertamente puede llevarlo a comprobar que esto aquí ha sido obra de un escritor sin estilo, pero feliz y contento de poder desearle al más conspicuo leyente un nuevo año con espíritu renovado, ya que en verdad, si tiene suerte, podrá respirar durante otros 365 días de puro alborozo, euforia, diversión y satisfacción… ¡Que tenga un feliz 2014!

(*) Para su comodidad, existen otras lecturas amenas a su disposición en mis libros. Viste el sitio: www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante

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