El Totalitarismo no Requiere Monstruos


Seguramente muchos no guarden la imagen de ella en su extenuada mente, pero Hannah Arendt fue una de las pocas filósofas políticas del siglo XX nacida en el año 1906 en la Alemania imperial, cuando la incorporación de los judíos a la política y la cultura germana se encontraba en plena consolidación. Por tanto, entre una poderosa floración de talentos, la joven Hannah vivió y se formó filosóficamente, particularmente durante la República de Weimar, en relación con sus dos mentores, Karl Jaspers y el polémico Martin Heidegger.

Sin embargo, en 1933, el nazismo la obligó a emigrar a Francia, que le otorgó asilo pero no reconocimiento. Pero en 1941, ella consiguió emigrar a los Estados Unidos donde sí pudo desarrollar gran parte de su prolífica obra. Murió, ya famosa como pensadora, en Nueva York, en diciembre de 1975.

No obstante, su fama no provino principalmente de su actividad académica, pese a su éxito en la introducción del decisivo concepto de totalitarismo, sino de su intervención en la vida pública de su patria de adopción y en especial de sus comentarios sobre el juicio promovido por el Estado de Israel contra Adolf Eichmann, la alimaña responsable del traslado y asesinato en los campos de exterminio de millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Designada por la revista “New Yorker” como corresponsal al proceso en Jerusalén, en sus envíos acuñó la célebre expresión sobre “la banalidad del mal” para calificar las acciones de Eichmann.

A sus ojos, un ejemplo de un conjunto indiferenciado de burócratas de escasa imaginación que cegados por la obediencia y la disciplina, resultaron incapaces de calibrar las consecuencias de sus actos. Esta valoración desató un verdadero escándalo, en especial en la diáspora y en el propio Israel, lastimados por lo que interpretaron como descalificación de la Shoa (el exterminio de un tercio del pueblo judío), y una indignidad sobre la tragedia de su propia comunidad.

El tema es todavía objeto de polémica aunque haya perdido sus aristas más filosas. No obstante una reciente y profunda película de Margaret Von Trotta vuelve a actualizar el asunto además de hacer justicia a la valentía y libertad de criterio de Arendt en décadas anteriores.

Lo cierto es que ella manejaba desde 1946 la idea de origen kantiana del “mal radical”, adaptándola como el intento por parte del totalitarismo de volver “superflua” la propia humanidad de la especie sapiens. Es decir suprimir, erradicar de hombres y mujeres, sin otro propósito ulterior, su esencia como seres humanos para transformarlos, por primera vez en la historia, en entes meramente biológicos, vivos exclusivamente para su subsistencia. Para ello, para hacerlos superfluos, instauraron el moderno artefacto de los campos, ya fuera el Gulag soviético, ya sus símiles alemanes.

Desde esta mirada, la banalidad de Eichmann adquiere otra dimensión, pese a la imprecisión de Arendt sobre el punto.

Por su vez, yo soy de los que se unen a los que son de la opinión de que quien es banal es el agente de la acción depredadora, y no el mal como efecto de ella, que o bien es banal y no es mal, o lo es y pierde la banalidad. Si esta califica al verdugo, a su disposición existencial, nada impide que ejecute las peores atrocidades sin conciencia de la dimensión moral de sus acciones.

Con ello se abre un gran peligro hacia el futuro que Arendt confusamente intentó adelantar. El totalitarismo no requiere monstruos, solo amanuenses diligentes, agentes normales y anodinos capaces de cumplir adecuadamente sus funciones. Por eso, el mal radical es parte del propio totalitarismo que no necesita demonios para plasmarse, y así alcanza la indiferencia… Supongo que el lector ya sabe algo así ocurre en los patios vecinos de nuestra América. ¿No es verdad?

(*) Para su comodidad, existen otras lecturas amenas a su disposición en mis libros. Viste el sitio: www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante

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