La Protesta es el Camino


Por ejemplo, aunque existan muchos similares por el estilo, le diré que no hace tanto así que por las calles de Barcelona, además de los caminantes solazados en sus labores, pasaba en procesión una multitud de estudiantes y profesores encumbrando diferentes pancartas y gritando sus protestas por altavoces. Pataleaban en contra de la “Ley Wert”, que supone recortes en el presupuesto destinado a la educación.

¿El motivo del griterío? Según dicen ellos, es porque están cansados de que cada gobierno que sube al poder, en este caso el del Partido Popular, quiera imponer una nueva Ley para el sector educativo.

En todo caso, cualquier uno que acompañase la lucha de estos miles de estudiantes catalanes, podría también confirmar que los vecinos europeos, por lo general, logran expresar su descontento en condiciones realmente dignas, si es que se puede llamar de dignas estas circunstancias y los contextos de sus insatisfacciones; pero el caso es que los policías cierran gentilmente el tráfico de los vehículos para que los vocingleros estudiantes puedan pasar tranquilos. Y lo que se ve con tal procedimiento, son los rostros de la multitud despilfarrando felicidad.

Todo eso siempre cargado en la cuenta de que la protesta social es algo extraordinario. Claro que no me refiero a la actitud de protestar por protestar y no proponer. Me refiero más bien al empoderamiento que supone salir al espacio público para exigirles a quienes administran el Estado, que en una democracia se debe escuchar a todos. Esa es una voz colectiva que nace entre las multitudes y habla desde nuestra garganta.

Quienes algún día ya hemos protestado en las calles del mundo, sabemos que lo hacíamos porque no queríamos perder la fe en el país ni en su gente. Pero al ser testigo no ocular de ese bellísimo despertar de la juventud de barcelonesa, me he quedado pensado en mi propio país y lo que veo es terrible. Es doloroso el trato que la policía de por aquí les otorga a los que se les antoja marchar por las avenidas y plazas capitalinas para expresar su posición o su descontento.

No obstante la intolerancia no sea solo con la protesta sino con la discrepancia, ya que algunos resultan ser más prepotentes a la hora de defender al Gobierno. Pero el mundo da vueltas. Pocas veces puede ser vista una humillación tan cruda a una política, y es posible que ella hasta haya perdido la autonomía de la protesta cuando se ve doblegada su libertad de pensamiento. Por eso su resignada caída es triste.

Por tanto, creo que los ciudadanos del mundo no debemos perder la capacidad, tan maravillosa, de protestar de manera organizada y coordinada por las injusticias que nos rodean, por más que una docena de los que se creen sabiondos se les ocurra decirnos que un movimiento por el estilo no tiene sentido.

En todo caso, siempre es preferible eso a la inacción o al silencio cómodo. Al final, como ya lo escribió Richard Bach un día, “el vuelo de las ideas es tan real como el de los pájaros y el viento”.

(*) Para su comodidad, existen otras lecturas amenas a su disposición en mis libros. Viste el sitio: www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante

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