Los Errabundos del Cuarto Mundo


Evidente que existe un “Primer Mundo”, que es formado por los países más desarrollados; pero ya hubo un “Segundo Mundo”, que fue el del socialismo real en torno a la Unión Soviética, y hasta hay un “Tercer Mundo” que está integrado por las naciones en vías de desarrollo. Pero creo que para ser más justos, tendríamos que incluir un “Cuarto Mundo”, que estaría suplido por países que conquistaron su independencia en el último medio siglo y que hoy sobreviven tanto sea en la penuria económica y rellenos de una población privada de sus necesidades básicas, o en la inestabilidad política de gobiernos que caen o se levantan repentinamente, o perdidos en la violencia de conflictos internos.

Por supuesto que estos últimos, además de producir los bienes que aumentan las cuentas bancarias de unos cuantos magnates extranjeros, son países que producen una masa de emigrantes que constantemente tantean escapar de la miseria de sus lugares de origen, pretendiendo dejar tras de sí el hambre y la falta de acceso a una calidad de vida medianamente aceptable.

Por ende, esas multitudes migratorias que provienen principalmente del África sub-sahariana, aunque también del sudeste asiático y de las regiones más desamparadas de América Latina, constituyen uno de los fenómenos sociales más voluminosos, dramáticos y desconsoladores de este comienzo del siglo XXI, fluyendo incesantemente hacia las naciones ricas que a la distancia relumbran como una suerte de paraíso terrenal. La enorme corriente de filipinos, mauritanos, sudaneses o mozambiqueños sigue creciendo, a medida que también se agudiza el abismo entre las opulentas sociedades del Primer Mundo y los desvalimientos de ese Cuarto Mundo al que a nadie se le ha ocurrido poner apodo calificativo hasta el momento.

Pero en realidad, lo que estos errabundos producen en sus lugares de destino es una triste categoría humana, que es la de los inmigrantes ilegales que buscan ganarse la vida desempeñando tareas que no quieren hacer los nativos de esos países, renglón en el que caben no solamente los pobres viajeros provenientes de otros continentes, sino igualmente los europeos nacidos en un patio trasero en el cual figuran rumanos, búlgaros, albaneses, griegos o bielorrusos.

Por tanto, cuando estos llegan al Primer Mundo, muy pronto descubren que ese paraíso tiene condiciones menos gratas que las imaginadas, veteado como está por la xenofobia, la segregación racial, el hacinamiento, el trabajo esclavo y los brutales desniveles de fortuna, a todo lo cual se suman los problemas legales de gente que se maneja sin papeles y corre el peligro de ser expulsada sin miramientos.

Ciertos barrios periféricos de grandes ciudades como París, Londres, Milán, Birmingham o Hamburgo son cabales muestrarios en la materia, expuestos a estallidos sociales que revelan el fondo de malestar y desigualdad en que sobreviven esos marginales que padecen diferencias no solo económicas sino étnicas, culturales y religiosas. El reflejo de ese “inmenso quiste” puede advertido cuando en algún arrabal parisino los jóvenes magrebíes se enfurecen e incendian decenas de automóviles o destruyen locales comerciales. Allí surge la bomba de tiempo del Cuarto Mundo incrustado en el corazón del Primero.

Recordemos que hace poco, el 3 de octubre, un barco destartalado que cruzaba de Libia hacia la isla italiana de Lampedusa, se prendió fuego y naufragó con algo más de quinientos emigrantes de origen eritreo y somalí. Muchos de ellos eran niños y unos trescientos murieron ahogados. Pero detrás de ese desastre hay entretelones cuya sordidez se agrega a la tragedia, porque cada uno de esos viajeros había pagado 1.600 dólares para que una de las organizaciones mafiosas que lucran con el tráfico de personas, los embarcara para llevarlos al otro lado del Mediterráneo.

Conviene que el leyente sepa que esos grupos criminales obtienen anualmente unos 30.000 millones de dólares de beneficios, ventaja a la que se suma su virtual impunidad, ya que éstos nunca son localizados por los investigadores. Por consiguiente, semanalmente, unos seiscientos de esos emigrantes mueren en el trayecto, cuando se van a pique las precarias embarcaciones donde los cargan hacia Andalucía o Sicilia.

Como el cuadro de esos desesperados no recibe la atención mundial que el caso exige, de manera que mueren inútilmente, lo que en verdad consiguen -en lugar del paraíso que perseguían- es una tumba acuática.

Lo que en realidad tenemos, es que en un planeta cuya población ya ha superado los 7.000 millones de personas, la sociedad de masas que brotó a fines del siglo XIX con la segunda Revolución Industrial, está dejando estos saldos descorazonadores y costándole la vida a muchos miles de inocentes.

Así pues, lo que se ve, es que cuando las hordas de inmigrantes llegan al Primer Mundo, tarde descubren que ese paraíso tiene condiciones menos gratas que las imaginadas… ¿Algún día se encontrará solución?

(*) Para su comodidad, existen otras lecturas amenas a su disposición en mis libros. Viste el sitio: www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante

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