Vivimos Ente Coherentes e Incoherentes


Cualquier humano puede observar que en lo que va de este año se han asesinado a muchos cristianos (católicos, luteranos, episcopales…) en diferente partes del mundo, sobre todo en Asia y África, aunque también deben ser muchísimos e hasta incontables los que fueron eliminados y que pertenecían a otras religiones.

Es casi común ver como la prensa llega a publicar datos y fotos de los casos más espeluznantes, como el acontecido en Nigeria meses atrás, pero también suele dejar de lado aquellas matanzas menos espectaculares, como las sucedidas en Pakistán o Irak y por algún que otro lugar más del planeta.

Por acaso no me refiero a los crímenes cuya causa puede atribuirse tan sólo a motivos tribales o económicos, sino más bien a aquellos que indudablemente están ligados a la religión de las víctimas.

Concomitante a ello, es que el denominador común de esas transgresiones es la negativa de los amenazados de muerte a abandonar su fe, como también la defensa de su derecho a permanecer en su lugar de residencia.

Por lo demás, es posible percibir que los casos de Oriente Medio aclaran mucho el panorama: como los cristianos católicos u ortodoxos viven allí desde tres o cuatro siglos antes de que llegaran los musulmanes, no son pues, ni advenedizos ni recién conversos. Así pues, por causa de sus creencias, estos dan la vida por coherencia con su fe, casi siempre en medio de crueles torturas.

Puede que más de un congruente lector aun no comprenda mi punto, pero en realidad, traigo a colación estos hechos dolorosos por cuanto en nuestra vida diaria muchos de nosotros vivimos una permanente incoherencia con las propias convicciones sin estar en peligro de muerte ni nada por el estilo…

¿Un ejemplo? Bueno, creo que tenemos más de uno, pues entre ellos tenemos al político demócrata que impulsa leyes para acabar con la democracia; o el funcionario jurídico que amenaza con presentar pruebas de mal obrar si es enjuiciado, cuando su obligación es hacerlo por razón de oficio; o hasta el asambleísta que, a sabiendas, adultera una causa para suspender a una autoridad con el fin de defender una acción dictatorial. En fin, mi elocuente lector, es que se dan tantas incoherencias en nuestro alrededor, que el ciudadano de a pie sospecha que la fidelidad a un ideal o a un programa, en realidad, no es más que una enfermedad o una estupidez.

Por tanto, queda supeditado que lo anómalo en nuestro medio pareciera ser el sacrificar la honestidad por el proverbial plato de lentejas o un guisado cualquiera.

Por consiguiente, ya resulta algo casi normal que el ser coherente sea mal visto, despreciado y arrojado al basurero, que es el lugar a donde van a parar las personas inservibles por no pagar tributo a la tiranía del momento presente y al dominio del interés sin honor…

En todo caso, creo que vale perder un poco de nuestro tiempo para dedicarnos a analizar un poco más la frase de Winston Churchill a través de la cual expresó: La dictadura, devoción fetichista por un hombre, es una cosa efímera, un estado de la sociedad en el que no puede expresarse los propios pensamientos, en el que los hijos denuncian a sus padres a la policía; un estado semejante no puede durar mucho tiempo… ¿O será que éste hombre era un soñador?

(*) Para su comodidad, existen otras lecturas amenas a su disposición en mis libros. Viste el sitio: www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante

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