La Pesadilla del Cuento de Hadas


Sin duda existen esas palabras inútiles, y eso es aún lo mejor que podemos decir de ellas, ya que a veces casi todas son efectivamente hipócritas… Razón tenía aquel francés que dijo que la palabra le fue dada al hombre para disfrazar el pensamiento.

En fin, si tenía razón ya es otro punto, pues esas son cuestiones sobre las que uno no debe hacer juicios perentorios, y ciertamente lo más seguro que tenemos a mano, es que la palabra es lo mejor que se puede encontrar, y una tentativa siempre frustrada que utilizamos para expresar eso a lo que, por medio de la palabra, llamamos pensamiento.

Tomemos el caso que ocurre cuando comenzamos a establecer conocimiento más próximo con alguien. Es el momento que pasamos a exponer a esa persona lo mejor de nosotros… Somos más pacientes, escuchamos todo lo que el otro tiene a decir y hasta se nos cae la baba. Junto a ese individuo dividimos quien somos –hasta cierto punto– y nos esforzamos para querer dejar al otro feliz.

Sin embargo, mi salivón amigo, el imperioso tiempo va pasando y las cosas comienzan a mudar. ¿Sabe por qué?… Pues sucede que así que uno conquista a la persona deseada, se queda tranquilo nadando en la galbana, dejando de esforzarse un tanto que sea para que las agendas de la pareja coincidan, lo que no permite que los dos puedan estar juntos más tempo y, la paciencia -hermana pobre de la resignación-, ya no es más la misma que cuando se nos caía la baba por el otro.

Claro que meses después de los idílicos tiempos iniciales, los hechos pasan y todo se pone más difícil. Es cuando ciertos asuntos nos irritan así que son iniciados, cuando surgen aquellos defectos que antes -miopes de amor- nos parecían un encanto que nos hacía ver al otro como un ser adorable. Puro engaño, pues con el paso de los días, esas lacras van en aumento como pisada de gallo y, día más día menos, se tornan insoportables, donde un pequeño desliz pasa a ser recordado por cada uno a cada pequeña discordancia.

Obvio que eso no es exclusividad de uno sólo. Ello acontece con las dos partes de un relacionamiento. Es algo así como cuando a él se le da por mostrar la piel pegajosa de sapo, y ella -para no quedarse atrás-, comienza a mostrar su verruga de bruja en la punta de su nariz. Pero eso ocurre porque todo el mundo tiene defectos, muchas veces previsibles; problemas para resolver y sus propios límites de paciencia; pero resulta que la intimidad -prima hermana mayor de la amistad-, hace con que esas pequeñas cosas florezcan en su jardín de una manera que no debería ser.

Además, están los casos en que el hombre de los sueños de ella se transforma en un perezoso que no hace la parte que le toca en el cuidado de la casa, y ella también se torna una de aquellas mujeres inseguras que pasan a mapear -que ni mujer de Sherlock Holmes- cada paso del marido. A más de, en el medio de todo ese tema, existir las situaciones en que uno de los dos pide millares de pruebas de amor, que van desde dejar de jugar al futbol con los amigos, hasta no hinchar más con eso de sexo anal.

Son todas esas pequeñas cosas lo que transforman una pareja sonriente en una dupla que se queda en silencio cuando van a un restaurante, que intercambia miradas sin amor o complicidad y que, entre los amigos, uno de los dos adora apuntar los defectos del compañero con entonación de chacota, como si en aquel momento el otro pudiese colocar para fuera todo el resentimiento que guarda dentro de sí.

Ahí, mi zumbo amigo, el asunto es que no importa lo que se habla, y sí la manera como es hablado, y que no funciona tan bien así como a uno le puede parecer.

Diariamente hay mucho más de quichicientas personas reclamando de sus relaciones, de la falta de conversación, de diversión, de complicidad, de un buen sexo, de la falta de orgasmos y, por sobre todo ello, la falta de comprensión en la pareja. Hay hasta de los terrenales que se la pasan reclamando que su pareja no tiene interés sexual, ya sea porque está pasando por una depresión momentánea, tiene síndrome de pánico o problemas en el trabajo, y pidiendo a gritos para mudar esa falta de voluntad de transar -lo que, convengamos, es un espléndido ejercicio a dos-…. Sin embargo, mi deprimido amigo, le diré que todavía no inventaron pastillas para la comprensión.

Creo que en esos momentos donde persiste la falta de agudeza mental a dos, la mayor ayuda que puedo dar, es la indicación para que cada uno mire su relacionamiento desde afuera, que se coloque en el lugar del otro y piense que tipo de actitudes uno gustaría de recibir si estuviese viviendo un momento como ese. Quien tiene enormes problemas emocionales o no, no va sentir ganas de hacer sexo, pues lo que apenas quiere es ayuda para creer que todo va dar cierto.

Así que, cuando cada uno de esos pequeños problemas se juntan, es como si ocurriese que aquel cuento de hadas que concibió con que dos personas quisiesen dividir la vida, se convierta en una gran pesadilla. O sea, es un cuento de hadas al contrario y diferente de las historias de niños, en que el sapo vira príncipe y todo el mundo acaba feliz.

Por tanto, mi batracio amigo, convertirse en una persona observadora es la mejor manera de mudar ese final infeliz. Prestar atención en el otro y a uno mismo, notar si las reclamaciones no viraron un vicio, y tentar procurar siempre algo bueno en el otro en vez de apuntar defectos, es la mejor solución… Pero en las farmacias no la venden.

En todo caso, le aviso que amar es fácil, pero continuar a ser una persona que alguien quiera amar, no es tan simple así como puede parecer…. La intimidad y la rutina son necesarias y pueden ser positivas al relacionamiento, pero si uno de los dos parpadear los ojos por tiempo demás, la parsimonia puede engullir todo lo bueno que los dos construyeron y regurgitárselo con aires de filme de terror… ¡Impresionante!

(*) Si es de su interés continuar a entretenerse con otras lecturas amenas, mi adicto leyente, tiene varios de mis libros impresos o en versión e-book, disponibles en el sitio web: www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante

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