Argos Resultó ser Miope


Como metáfora parece ser buena, mi ocular leyente, pues algunos individuos de nuestro planeta tienen lo que suele llamarse en la academia, de una inspiración cerrada; pero al no ser igual que Argos, -el príncipe argivo, quien según la fábula poseía 100 ojos, de los cuales para dormir solo cerraba 50, y ha quedado como el símbolo de la vigilancia hasta hoy-, por eso no tienen otra cosa para ver, decir o hacer.

También nos es difícil poder imaginarnos lo que ocurre en el alma de un policía, y probablemente, aunque el agente de la ley nos cause una buena impresión y hasta nos gustaría de ser su amigo, uno luego comprende que ambos individuos vivimos en mundos diferentes, nosotros en el de los elegidos, ellos en el de réprobos; y por eso uno se contenta con ver pasar las horas muertas mirando por la ventana.

Tampoco uno puede imaginarse lo triste que hay que estar para reírse tan sutilmente, pues hay ocasiones en las que ni un muerto tiene paciencia para volverse invisible, o es la energía lo que nos falta, sin contar que hay ojos vivos capaces de ver hasta lo que no se ve… Quizá, me dirá, aunque luego admitirá usted que no se podría conceder don y virtud mayor a un policía, ya que a su lado Argos de los cien ojos sería un infeliz miope… Pero eso ya es otra historia.

En todo caso, éste sujeto que relataré a seguir, no era un Argos, pues tenía 99 ojos ciegos; ni tampoco el policía le causó buena impresión cuando al protagonista de esta historia se le ocurrió denunciar a una prostituta porque, al conocerla, notó que era bastante más fea de lo que ella le había dicho por teléfono.

En verdad, el insólito hecho ocurrió pocos días atrás en la ciudad inglesa de Birmingham, cuando el policía que le tomó la denuncia telefónica, creyó al principio que se trataba de una broma.

Según nos consigna el tabloide británico “The Sun”, la inaudita llamada llegó a la central policial de West Midlands sobre las 19.30 del pasado 11 de junio. Al atender el reclamo, el denunciante manifestó su intención de radicar una denuncia porque una prostituta, cuyos servicios había contratado anticipadamente, resultó ser más fea de lo que ella había prometido.

Por así decir, el hombre había concertado por teléfono un encuentro con la desconocida trabajadora sexual. Pero cuando la fue a buscar y se la encontró de cuerpo presente, se sintió decepcionado y estafado.

Ante tal situación, el defraudado cliente decidió dejar sin efecto el acuerdo, y así se lo comunicó a la doña prostituta, quien se tomó a mal la situación… “Me sacó las llaves del auto y las tiró a la calle”, contó el sujeto.

El agente que tomó la denuncia, alcanzó a explicarle al despechado hombre que ninguno de los hechos por él relatados ameritaba intervención policial. Además, posteriormente se le remitió una carta donde se le advertía que no está permitido realizar ese tipo de llamadas a la policía, ya que hacen perder el tiempo a dicha corporación.

El noble lector sabrá, que aunque la denuncia le parezca un absurdo, la policía no debe de tener poco que hacer para perder el tiempo así con quien no tiene culpas ni se dispone a tenerlas… Puede también que el denunciante se sienta ahora dos veces perdido, en el espacio y en la hora, en el tiempo y en el lugar… ¡Habría que preguntárselo!

(*) Si quiere continuar a entretenerse con otras lecturas amenas, mi adicto leyente, tiene varios de mis libros impresos o en versión e-book, disponibles en el sitio web: www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante

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