Un Imperio que Comenzó Bien y Terminó Mal


Yo no había nacido aun, pero en 1497, una modesta flota formada por cuatro barcos pequeños y alrededor de 150 hombres al mando de Vasco de Gama zarpó de Portugal en busca de una ruta marítima a la India circunnavegando África. La expedición llegó al puerto de Calicut, en la costa sudoccidental de la India, y volvió a Portugal dos años después de la partida con dos barcos y 30 hombres menos. Con el triunfal viaje de Gama, promovido por el rey Manuel I con el doble fin (que él creía predestinado por Dios) de ser “causa de destrucción de los moros” y tantear la posibilidad de monopolizar el comercio de productos del Oriente, comenzó una asombrosa historia de casi doscientos años de presencia portuguesa en tres océanos y tres continentes.

El viaje de Gama fue rápidamente seguido por nuevas expediciones, mucho más poderosas, y la creación del Estado Portugués de la India. Fue también el comienzo de la presencia occidental en el subcontinente: su éxito atrajo otras aves de rapiña y en la estela de las naves portuguesas llegaron, ocuparon territorios y prosperaron los holandeses, los ingleses y los franceses.

La expansión portuguesa había comenzado en 1416, cuando el infante Enrique creó un innovador centro de estudios de navegación y cartografía en la actual Sagres. Desde ese año, expediciones portuguesas habían bajado por el Atlántico (en los viajes más australes, para aprovechar los vientos, describían una curva que los acercaba más a la costa de Brasil que a la de África) hasta que en 1488 una de ellas, al mando de Bartolomeu Dias, dobló el cabo de Buena Esperanza y subió un corto trecho por la costa africana del Índico. Gama debía recorrer el aún desconocido tramo África-India y dejar establecida una ruta marítima directa para el comercio de productos del Oriente. Adicionalmente, debía establecer contacto con todos los cristianos que encontrara (en particular con los habitantes del legendario y fantasmal reino etíope del Preste Juan) y construir alianzas con ellos con el fin de hacerle la guerra a los musulmanes.

“Derrota de Vasco de Gama” es el anónimo diario de a bordo de un integrante de la expedición. De los candidatos a autor, el más probable es Alvaro Velho, del que no se sabe nada con certeza. Como la narración se interrumpe abruptamente en el viaje de vuelta, cuando las dos naves sobrevivientes llegaron frente a las costas de Guinea, se cree que Velho murió en ese momento o que dejó la expedición y se afincó en África. Esta posibilidad sugiere que podía tratarse de un degredado, es decir, un delincuente condenado a muerte o a deportación que conmutaba su pena por ser abandonado en tierras sin explorar. Los degredados solían integrar, a veces en gran número, las tripulaciones portuguesas y, como se los consideraba prescindibles, eran los primeros en establecer contacto con poblaciones desconocidas. Lo cierto es que hay documentos que indican que un Alvaro Velho se estableció en Guinea el año en que pasaron por allí las naves de Gama.

El libro que aquí se comenta se divide en dos partes de aproximadamente 110 páginas cada una, ambas a cargo de Isabel Soler (España, 1964), profesora de literatura y cultura portuguesas en la Universidad de Barcelona. La primera parte es un excelente prólogo titulado “Un acontecimiento grande y grave”; y la segunda, la traducción al castellano anotada del diario de Velho. De indudable valor historiográfico, el diario de Velho revela los alcances y limitaciones de un portugués más o menos educado (sabía leer, escribir e interpretar cartas náuticas) de fines del siglo XV. Velho no era un literato y no tenía tiempo o ganas de escribir mucho. Su diario es un conjunto de apuntes sencillos, rápidos y fácticos separados por días o semanas.

Aunque sabía que era la segunda vez en la historia que naves occidentales superaban el cabo de Buena Esperanza, lo que a la flota de Gama le costó cuatro días y tres intentos, Velho despacha la hazaña en un pequeño párrafo que termina con esta frase no menos lacónica que las precedentes: “Y el miércoles (22 de noviembre), al mediodía, pasamos dicho cabo a lo largo de la costa, con viento en popa”. Enfrentado a un mundo del que no sabía prácticamente nada, hay cosas que ve correctamente, otras que interpreta mal y otras que no ve a pesar de tenerlas ante los ojos.

Convencido de que en Oriente pululaban los cristianos, confundió un templo hinduista con una iglesia y una imagen de la diosa Lakshmí con una de la Virgen María, además de ver santos en pinturas de hombres con “dientes tan grandes que les salían de la boca una pulgada”, y tenían “cuatro y cinco brazos”. También hay cosas que simplemente no le interesan, en particular las emociones propias y ajenas y la descripción de sus compañeros de viaje (del único que sabemos algo es de Gama, y solamente que era muy desconfiado e irritable). En cambio, ofrece abundante información sobre todos aquellos aspectos útiles para la navegación y el comercio y, a pesar suyo (porque no lo ve), deja clara una dolorosa verdad: que eran los odiados musulmanes y no los cristianos quienes abundaban en las exóticas y ricas costas del Índico y controlaban buena parte de las redes mercantiles que llevaban a Europa.

El prólogo de Soler sitúa plenamente al viaje de Gama y al diario de Velho en el contexto de un Portugal que, a fuerza de innovación, políticas de estado, valentía, codicia y brutalidad, estaba a punto de alcanzar una extensión y un poderío que su organización estatal y escaso número de habitantes pronto volverían insostenibles. Fluido, sólido y muy bien escrito, “Un acontecimiento grande y grave” se ocupa principalmente de la mentalidad entre práctica y mesiánica del rey Manuel I; de los intereses internacionales que se vieron beneficiados o perjudicados por un viaje que, al establecer una ruta marítima directa, eliminaba los numerosos intermediarios de la ruta anterior y bajaba los costos; de lo que omite o tergiversa involuntariamente el diario de Velho; de la vida y la personalidad (intransigente, prepotente y severa hasta la crueldad) de Gama; y de la expansión portuguesa postgámica (que, desechando el interés por hallar cristianos en Oriente, se centró en el puro interés comercial). Termina con casi una veintena de páginas dedicadas a la apoteosis literaria del gran navegante: Los Lusíadas, de Luis de Camôes.

Pienso que es un final melancólico porque en 1572, cuando se publicó este canto a las glorias de Portugal, el país estaba en decadencia y “ya no había tales glorias”.

(*) Si quiere continuar a entretenerse con otras lecturas amenas, mi adicto leyente, tiene varios de mis libros impresos o en versión e-book, disponibles en el sitio web: www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante

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