¡Feliz Día! Mujeres del Siglo XXI


Hace cuarenta años, el movimiento feminista luchaba, entre otras cosas, por liberar a las mujeres de la moral sexual convencional que las condenaba a la represión o la impostación, si es que ellas querían ser respetadas socialmente. El feminismo histórico condenó con tanta fuerza el limitado modelo de familia burguesa como la prostitución y el mercado del sexo, que promovía a la mujer como objeto de consumo, ofrecido para la satisfacción del varón. Hoy las mujeres activas sexualmente pueden aparecer al público como figuras positivas, como se ve, por ejemplo, con los personajes de la serie Sex and the city, que mantiene su éxito masivo por Internet.

El mundo concreto y simbólico que encuentran las adolescentes de hoy, es muy distinto al que enfrentaron sus madres. Esto podría llevar a pensar en el éxito de las reivindicaciones feministas, pero -como en la serie de televisión- no es oro todo lo que reluce; para empezar, porque la multiplicación de las imágenes sexuales en los medios masivos dista mucho de poder considerarse liberadora. Para seguir, porque la libertad de un individuo no puede medirse en forma preponderante por su comportamiento sexual público ni privado. El camino hacia la igualdad de oportunidades y desarrollo es mucho más complejo.

El movimiento feminista ha dado lugar a una de las revoluciones pacíficas más importantes de Occidente. Luego de doscientos años de activismo, las feministas de la segunda ola, que lucharon -en los 60 y 70- por un nuevo lugar en la sociedad, la igualdad dentro de la familia, los derechos reproductivos, imaginaron que sus hijas llegarían más alto. La investigación de la inglesa Natasha Walter (1967) parte de la decepción de comprobar que esa meta parece haber concluido en el piso superior del shopping, inundado de juguetes rosados, vestidos y accesorios de princesa para niñas. Este es el nuevo lugar que parece haber conquistado las mujeres. Parecen ser princesas de supermercado, aprisionadas en una imagen edulcorada y pasiva de la femineidad.

Pero puede ser peor que eso; el Occidente atraviesa por una fase de fortalecimiento del sexismo, encubierto bajo la retórica de la libertad individual y amparada en discursos científicos y pseudocientíficos que legitiman las diferencias. La búsqueda de este tipo de argumentos ha coincidido, en la historia, con los períodos en que la mujer ganó algún terreno en la distribución del poder social.

En la última década se asiste a una nueva embestida del discurso científico, difundida a través de los medios, tendiente a probar las diferencias innatas entre hombres y mujeres. En 2005, el rector de la Universidad de Harvard, Lawrence Summers, desató una polémica al dictar una conferencia sobre la escasa representación femenina en las Facultades de Ciencia e Ingeniería. Argumentó que las mujeres “no se sentían cómodas en las carreras más duras porque, por naturaleza, su mundo giraba más en torno a la familia y las relaciones humanas”, afirmando que no tienen facilidad para el pensamiento científico porque disponen de “menos capacidad innata”. Ante una lluvia de protestas, la prensa recogió el guante buscando pruebas a su favor, llamando a Summers de “el nuevo Galileo”, acallado por el poder del feminismo y las voces políticamente correctas.

La defensa de su posición se basó en tópicos que, con una débil, parcial y manipulada base estadística, se han convertido en lugar común: que las mujeres tienen mayor capacidad verbal y comunicativa, y los hombres más habilidad para el cálculo matemático y la manipulación mental de objetos tridimensionales. Por eso, además de aptos para algunas ciencias, serían mejores conductores, jugadores de ajedrez y de ciertos videojuegos. Las mujeres serían excelentes para la empatía, pero poco capaces de sistematizar, peores para el pensamiento lógico que para el intuitivo. Mucho sentimiento y poco razonamiento explicaría que los académicos de las áreas duras de las matemáticas sigan siendo en su mayoría hombres. Y que las mujeres abunden en carreras como la docencia, la enfermería, el trabajo social y las relaciones públicas, también peor remuneradas.

Estos mitos derivan de la divulgación reductora de experimentos basados en test y pruebas de diversos tipos, que, aunque no evidencien ninguna diferencia concluyente que pueda distinguir la inteligencia de hombres y mujeres, presentan una ligera diferencia en las áreas mencionadas. Buscando datos más amplios, se descubre que en los últimos años, de la enorme cantidad de estudios universitarios, se publican en mayor cantidad los que encuentran diferencias significativas que confirmen los roles tradicionales.

Otra diferenciación de moda es la vinculada al componente hormonal: el nivel de oxitocina explicaría una tendencia femenina más cooperativa y protectora, confirmando el rol de mujer cuidadora, así como el índice de testosterona causaría la mayor agresividad y competitividad del varón, haciéndolo más apto para el liderazgo. Todo confirma la aptitud femenina para el cuidado de los hijos y los ancianos, y las tareas solidarias. La difusión de estos mitos teñidos de ideología, y apuntalados por algunos libros de autoayuda, no alcanzan para explicar que la mayor parte de los pobres del mundo sigan siendo mujeres y niños, pero tampoco ayuda a superar el ya célebre “techo de cristal” que conspira contra sus logros.

Esta generación es la primera que ha tenido la posibilidad de observar el cerebro humano en acción, gracias a la tomografía por emisión de positrones y la resonancia magnética funcional, lo que incentivó la búsqueda de diferencias entre hombre y mujeres. Una de las conclusiones más repetidas es que las mujeres usan más el hemisferio izquierdo, que se ocupa del lenguaje y las emociones, y los hombres el derecho, que procesa el sentido espacial y los sistemas. Aun sin pruebas experimentales seguras, los medios han asumido que hay una asimetría en el tamaño de cada una de esas partes del cerebro, determinada por el sexo. Lo que sí es asimétrico es el consenso académico oficial con respecto a la variedad de evidencias científicas.

A su vez, la idea de que la mujer es capaz de realizar varias tareas a la vez y procesar los datos con más rapidez que un hombre, se atribuye al mayor volumen del cuerpo calloso, el tejido que conecta los dos hemisferios. Esa diferencia, aunque irrelevante estadísticamente, prestó base científica al viejo mito del “sexto sentido” y de la “intuición femenina”, y ha servido para justificar incluso que un hombre no sea capaz de escuchar el llanto de un bebé mientras mira un partido de fútbol.

Pero hay que admitir que, aun con estos costos, la distribución de poder entre los sexos ha cambiado en forma sostenida a favor de las mujeres. Lo que no implica que deban aceptarse los comentarios sexistas como un precio inevitable, en ningún ámbito.

(x) Para adquirir las obras de este autor en ediciones impresas o e-book, solicítelas en el sitio www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante

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