Ahora Voy a Morir en la Red


Dos por tres doy oídos a mi vecino que siempre anda quejándose de que el mundo muda, y con él mudan los hábitos y las personas. Quizás debería decirle que el raciocinio tendría que ser realizado al contrario, pues el mundo continúa siendo el mismo y quienes mudamos, somos nosotros, los vivos que en él habitamos.

Claro que también existe el otro tipo de vivo, que es aquél que busca aprovecharse de las circunstancias para tirar provecho propio, sin importarle un comino si a alguien le incomoda su actitud.

Bueno, digamos que por otro lado tampoco me asusta saber que los servicios de las empresas funerarias ahora se han mudado a la Red. Pues ya no basta con la tradicional velación, sepelio, entierro o cremación, según sea la decisión o la práctica religiosa y cultural del difunto y su familia, que ahora nos ofrecen en algunos ciberespacios, la recuperación de imágenes y de cuentas de correo electrónico de las personas que han dejado este mundo, y de quienes su familia no desean que sus huellas digitales permanezcan vagando como si fuesen “fantasmas de bits” en la Red.

Recuerdo que hasta muy pocos años atrás, las empresas funerarias presentaban tan sólo sus catálogos funerarios, después los siguieron los digitales, y más tarde los pasaron a la Red; es decir, le agregaron otros modernos paquetes de servicios para que quienes no podían acompañar a los deudos en esos momentos, lo hicieran desde la comodidad de sus hogares vía “streaming” de video, o con notas de pesar en el muro del servicio funerario.

En todo caso, todos somos consientes de que la muerte es una experiencia de sufrimiento personal e íntimo. Y cada quien lleva la procesión y el luto como puede y se le antoja. Por lo tanto, pretender deslocalizar los servicios del sufrimiento, es algo así como que acceder a la transmisión de cualquier evento deportivo, político o cultural.

Bueno, diría que la muerte y todo lo que ella conlleva, también no deja de ser una cultura, pero creo que mediatizar el luto es un extremo del voyeur.

Del mismo modo, otro de sus extremos es pretender limpiar todos los rastros digitales de la persona. Eso es igual que querer tirar a la basura todas las fotografías de quien ya nos dejó, y de negar su memoria.

Entonces, si la gente deja huellas en el mundo analógico, es normal que estas marcas de su paso por el mundo digital sigan allí. Anular esa estela y esos rastros de vida, es como anular y negar una vida.

Por consiguiente, entiendo que los servicios digitales y en Red que ofrecen las funerarias hoy en día en varios países, no muestran el adelanto de una sociedad. Todo por lo contrario, hacen que la muerte ya no sea personal ni privada, y pasan a promover una cultura del ocultamiento y el olvido. Eso no es parte de la cultura digital.

Se entiende que la propia cibercultura vino para promover el compartir y colaborar para crear, y no para destruir una imagen de alguien que nos acompañó, y con quien disfrutamos y compartimos la vida.

El sabido lector que elija lo que más le gusta, pero en todo caso, le advierto que yo prefiero las calaveras mexicanas, que gozan y se burlan de la muerte a los servicios del olvido y la desmemoria actual… ¿Hay mejor forma?

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