Cuando el Miedo Amedranta


Dicen que el miedo es paralizante y generador de inquietudes muchas veces infundadas o exageradas. Hasta podría decirse que el miedo es el “marido pegador” de la prudencia, virtud maravillosa que permite desplegar estrategias sensatas para enfrentar los problemas. Pero cuando ese “pegador nato” que es el miedo se impone a la “dulce intelectual” que es la prudencia, comienzan los verdaderos desastres.

En realidad, cualquiera que quiera exponer sus ideas en un espacio público se encuentra sujeto a ser juzgado por quien lee o escucha su mensaje. Con la Web 2.0 la posibilidad de esa retroalimentación es inmediata y permanente.

La democratización, por causa de la facilidad de acceso a esos modernos recursos tecnológicos de comunicación, hace que permanentemente se puedan leer en el mismo espacio, comentarios inteligentes que abren la puerta a un intercambio que enriquece, junto con otros realmente ofensivos. Esa última parte es la mejor evidencia de una actitud intolerante e irrespetuosa.

A esas personas que envían mensajes provocadores se los conoce como “trolls”, algunos responden a una lógica rebelde, que es la de querer romper con todo lo establecido. Para ellos siempre será atractivo enfrentar a la ortodoxia, ser distinto, ser irreverente… o mentalmente enfermo.

Más de lo que sería deseable, asumen ese rol con el fin de insultar y descalificar. Los especialistas creen que no se les pueda considerar como verdaderos “trolls”, y consideran que son simples insultadores que se escudan en el anonimato que brinda un alias o una identidad falsa inventada o robada a otro. Se aprovechan de la cobertura que ofrecen las nuevas tecnologías de la comunicación y van por la vida sin preocuparse por asumir las consecuencias de lo que dicen.

El insulto y la descalificación son armas políticas desleales. Su utilización no es nueva, no es patrimonio de opositores o defensores de cualquier régimen; nos basta con leer los comentarios al pie de las noticias o de las columnas de opinión para sentirse asqueado e indignado por la irracionalidad. Sin embargo, escandaliza más la sola idea de que muchos de estos mensajes sean parte de un plan orquestado por algunas personas chabacanas de mente vacía, las cuales dentro de sus cráneos solo tienen un alambre para sujetar las orejas.

La experiencia que me otorgan los años, me dice que es infructuoso pedir a las autoridades una investigación de estas denuncias, peor aún la identificación, juzgamiento y sanción de los responsables. Tengo pocas esperanzas de que algo cambie, principalmente por causa de ahora vivimos un contexto en el que parece haber triunfado la idea de que la descalificación es la mejor forma de enfrentar a los contradictores.

En todo caso, por prudencia uno puede callarse ahora para hablar más adelante, cuando haya condiciones más favorables; por miedo uno se calla para siempre, guarda rencores y trabaja para el infarto sin prisa y sin pausa.

Pero no hay que olvidarse que el miedo lo tienen los más débiles o los más ignorantes… ¿No es por cierto más ignorante el que cree que por la fuerza y la violencia, primas carnales del miedo, podrá imponer sus criterios?… La respuesta queda a la discreción del digno lector.

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