¿Quién Quiere ser Presidente?


En muchos casos, el hombre y la mujer comunes, o a lo mejor si al lector le gusta que lo exponga de una manera diferente, los sencillos ciudadanos y habitantes de una comunidad cualquiera, pueden ofrecer ejemplos de sabiduría que no siempre proporcionan los gobernantes de turno.

Sabemos que el “caer mal” no es pecado ni desliz. Justamente, y así como hay personas bendecidas con un seductor “don de gentes”, existen también aquellas que, aunque no hagan o digan nada en particular, siempre caen mal en tiempo récord.

Creo que todo es una mera cuestión de suerte, algo así como nacer rico o pobre, enfermo o saludable, y lo cual dice muy poco sobre el verdadero mérito de una persona. Pero de igual modo, en la política, ocurre el complejo oficio en el que la principal tarea de un profesional del ramo es ser popular, o sea, “caer bien”.

Así como existen políticos que pese a ser deshonestos y sinvergüenzas son irresistiblemente carismáticos, hay otros que, aunque capaces y honrados, resultan ser individuos detestables. Tipos así, bien podían ser una lumbrera intelectual, un gran tratadista, un próspero consultor o un modelo de comportamiento, pero jamás podrán ser Presidentes, porque para eso, hay que caerle bien a la mayoría.

Lamentablemente, este hecho que es tan obvio, el de que no cualquiera puede ser Presidente, parecería que se les ha olvidado a nuestros políticos. Es por ello que vemos a todos, sobre todo los advenedizos, querer ser Presidente o nada, como si de eso dependiera su autoestima y respetabilidad social.

El curso natural de un político capaz, pero destinado a ser siempre minoría por su forma de pensar o de ser, es hacerse diputado. Así, el Legislativo se llena de políticos fuertes y capaces que difícilmente llegarán a la Presidencia, pero elevan el nivel, evitan que el Ejecutivo coja mucha fuerza y crean una Asamblea Legislativa que forma futuros cuadros.

Tal vez por eso da para apreciar que muchas Asambleas Legislativas se fueron a la basura, no solo por el desprestigio de la función, sino porque los buenos, sobre todo los neófitos de derecha, solo sueñan con ser Presidente algún día.

Mientras tanto, los Gobiernos han hecho de la condición de asambleístas una suerte de premio para los amigos de poca capacidad y nulo futuro (queda sobrentendido que los de capacidad y futuro son ministros y asesores), y la oposición, en lugar de invertir en legisladores, se dedica a discutir el sexo de los ángeles en las estrellas y sueña con poder encontrar un desconocido que vaya del anonimato a la omnipotencia en menos de un año.

Pero, como reza el refrán, “un relámpago nunca cae dos veces en el mismo lugar”. Si es así y no se confirma la sentencia, quizás alguna vez aprenderemos a saber que todo cambia, todo termina y vuelve a empezar y que nunca está dicha la última palabra, porque el éxito y el fracaso son hermanos malvados que se alternan en la caminata de la vida…

En todo caso mi estimado lector, es mejor que cuidemos bien de la flauta, porque por lo visto, la serenata será larga.

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