Restos de un Mundo que Aún no se Fue


El mundo cambia y por veces hay épocas en que los hechos se precipitan a tanta velocidad, que en un santiamén nuestro universo cotidiano se va al demonio y nos quedamos desarmados y más desorientados que Adán en el día de la madre. Claro que hay cosas que siempre ocurrieron, sólo que cuando uno es joven los cambios nos tienen como protagonistas, pero cuando llega la madurez, no somos más que actores de reparto y a veces simples partiquinos sin voz ni voto entre “restos del mundo que se fue”.

Pues bien, resulta que entre los muchos disparates que nos cercan, me entero que a pocos días un joven de 17 años llamado Radhey, había sido declarado muerto, pero este se despertó de repente unas diez horas después en una morgue del norte de la India, de acuerdo con lo informado por el responsable sanitario local y jefe de Sanidad del distrito, Anand Swaroop, a la agencia india de noticias “IANS”, quien añadió que el doctor Pradeep Mittal certificara la muerte en Muzaffarnagar, en la norteña región de Uttar Pradesh, y expidiera el parte de defunción, agregando una disculpa por el hecho y afirmando que el médico ya fue suspendido de sus funciones.

La víctima habría sido trasladada el domingo al hospital desde una zona boscosa en la que había sido hallado en estado de inconsciencia. Tras su llegada al centro médico, el Dr. Mittal ordenó el traslado inmediato del presunto “cadáver” al depósito del hospital. Según palabras expresadas por el responsable sanitario de Muzaffarnagar, cuando los oficiales de Policía se disponían a iniciar las formalidades de la autopsia, el joven recobró la consciencia. Radhey, que es oriundo de la ciudad de Agra, trabajaba como campesino en el distrito y, según la Policía, había sufrido desmayos con cierta frecuencia antes del suceso.

Para quien no sabe, Uttar Pradesh es la mayor y más poblada región de la India y también uno de los enclaves con peores indicadores de desarrollo. Tal vez, esta zona pertenece a esos “restos de un mundo que aún no se fue”.

Sin embargo, casi al mismo tiempo, en otro punto del planeta, hace también unos días un colegial egipcio fue asesinado a golpes por su profesor y sus compañeros, cuando se negara a tapar una cruz que llevaba tatuada en la muñeca. Los “coptos” tienen esa costumbre desde hace más de mil años.

Tal vez por eso que frente a esta trágica noticia, no puedo dejar de recordar la afirmación del teólogo Otto H. Pesch: “Cualquier amor significa que en la propia vida se introduce otra muerte”. En resumen, raciocino que como el hombre es el único animal conocedor de su fin inevitable, por ello ya tiene una muerte en su vida.

El amor, la amistad y los afectos nos llevan a dolernos por muertes ajenas, pues con la desaparición de un ser querido o no, algo muere también en nosotros. Por lo tanto, el joven copto asesinado o el indiano declarado muerto, han introducido de manera inevitable una muerte nueva en nuestras vidas.

Somos solidarios en nuestra naturaleza humana, en nuestra fraternidad como creaturas de Dios, en nuestra cercanía en la búsqueda de un sentido trascendente a la existencia. Esta solidaridad en la muerte se acrecienta por la indeclinable voluntad de defender el derecho a pensar, a creer, a esperar, como cada uno desea.

Siempre que en cualquier parte del mundo un ser humano cae víctima del odio, del prejuicio, de la discriminación, por cualquier motivo, esa muerte entra en la vida de todos y cada uno de nosotros, en consecuencia no podemos permanecer estáticos: ha muerto un poco de nosotros mismos, de nuestra libertad y capacidad de escoger un camino; la única reacción digna es el llanto dolorido, la pena sin término. Pero también la indignación frente a la indiferencia de las masas y de los poderes de este mundo.

La muerte de ese joven copto por llevar una cruz tatuada en la muñeca, aunque haya sucedido en tierras distantes, en realidad no es una muerte lejana, tiene un lugar sangrante en nuestra vida. Nunca podremos visitar su tumba en un cementerio ni empeñarnos en dar un imposible consuelo a su madre, pero estará presente entre nosotros hasta la llegada de nuestra propia muerte, y junto a las millares de personas humanas a quienes amamos por el mero hecho de ser como nosotros, aunque tuvieran otro color de piel, otras ideas o diferentes esperanzas… ¿No es verdad?

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