La Cultura de la Ancianidad


Queriendo ser justo y dejando de lado cualquier tipo de disquisiciones históricas, entiendo lo terrible que puede ser el problema que estremece los corazones de algunos de mis congéneres. Por tal motivo, hoy tomo algunos datos históricos como si ellos fuesen disparadores para realizar algunas reflexiones sobre la ancianidad.  

De acuerdo con las palabras del poeta latino Ovidio (43 A.C. a 17 D.C.), subrayo una de sus metáforas: “En un tiempo hubo gran reverencia por la cabeza canosa”.

En todo caso, el grande Cicerón la comparó al otoño de la vida por analogía con las estaciones del año. Pues a medida que transcurren las hojas del calendario, experimentamos físicamente cómo el vigor primaveral da paso al tórrido verano y éste al declinar otoñal. Tal vez por eso que cada vez más personas llegan al sopor invernal sin casi advertir la aceleración de su venida.

No podemos olvidarnos que el paso de las estaciones vitales se manifiesta tanto en el cuerpo como en la dimensión superior de las personas. Alcanzar esas postreras etapas, tiene ciertas ventajas junto a las naturales limitaciones del cuerpo.

Romano Guardini, un teólogo católico alemán y profesor de dogmática en Bonn (1922), al redactar sus obras: Libertad, gracia y destino (1948), La aceptación de sí mismo (1950) y El Señor (1954), considera la vejez como la edad sabia del hombre: sabia quizá no en conocimientos intelectuales, pero sí en experiencias extraídas hasta de los errores y fracasos. Por ende, la ancianidad es la etapa privilegiada en la que los abuelos pueden derramar a su alrededor todo lo que el tiempo, gran maestro, les ha permitido almacenar mientras asoman y se instalan las restricciones.

De igual talante y pensamiento, Ingmar Bergman, el gran cineasta sueco, dejó gravado su reflexión en la frase: “Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena”.

Sin embargo, de acuerdo con Honoré de Balzac: “El anciano es un hombre que ya ha comido y observa cómo comen los demás”.

En algunos países de nuestro continente, la esperanza media de vida al nacer, ya alcanza los 78 años. No en tanto, los hijos de estos pueblerinos, inmersos en una mentalidad utilitarista que a cada día valora en primer lugar –y cada vez más-, la productividad y el dinero, nos cabe preguntar: ¿Será que ellos saben valorar esta etapa del ciclo vital cuyo umbral traspasan cada año más mujeres y hombres?

Sucede que, al depararnos ante las desenfadadas actitudes de algunos jóvenes, los adultos mayores pueden plantearse cuál es la verdadera utilidad de su existencia.

Nadie puede dejar de reconocer que solamente en el seno interior de las familias dinámicamente funcionales, es donde se valora a cada persona por quien es, y no por lo que ella produce. Sólo así se logrará una perspectiva certera de la vejez como la edad sabia por excelencia.

En tal sentido, cabe preguntarnos: ¿Nos planteamos seriamente el inculcar en nuestros hijos el respeto y valoración por los abuelos?

Pero no olvidemos que la jungla peligrosa en la que se han convertido las grandes urbes del mundo, aun esconden entre sus ciénagas de asfalto y sus imponentes arboledas de cemento, restos de bondad, solidaridad y respeto. Sólo hay que estar atentos para reconocerlas y agradecerlas con una gran sonrisa y, si hay ocasión, acompañado con un “gracias” que nunca estará de más y será, por añadidura, una especie de contraseña para autoidentificarnos como personas que todavía no han renunciado al intento de superar los egoísmos y las bajezas que habitan en nuestro interior y que tanta agresividad hacen brotar cada día de nuestra existencia.

Solamente las familias sensibles a los valores de la ancianidad, son las que se enriquecen de su sabiduría y llevan alegremente sus achaques, olvidos y repeticiones, y les suplen a ellos con afecto efectivo la debilitación de sus fuerzas físicas y psíquicas.

Por lo tanto, nos urge desenvolver una nueva cultura de la ancianidad. Pues sólo cultivándola en el seno de nuestra familia, nosotros envejeceremos arropados por hijos y nietos sin correr peligro de mañana ser considerados un peso embarazoso cuando perdamos lucidez y nuestro físico se debilite… ¿A usted no le parece?

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